El divino Señor, bajo la fría
impasibilidad del firmamento,
tronchado por el último tormento,
en el regazo maternal yacía.
¡Ni un reproche! Ni un ¡ay! Sólo se oía
en aquel melancólico momento,
como un susurro musical, el lento
gotear de los ojos de María.
El llanto de la madre que bañaba
el cadáver del Hijo, se mezclaba
con los grumos de sangre carmesíes,
y eran así las carnes nazarenas,
un búcaro de lirios y azucenas
cubiertos de diamantes y rubíes.
impasibilidad del firmamento,
tronchado por el último tormento,
en el regazo maternal yacía.
¡Ni un reproche! Ni un ¡ay! Sólo se oía
en aquel melancólico momento,
como un susurro musical, el lento
gotear de los ojos de María.
El llanto de la madre que bañaba
el cadáver del Hijo, se mezclaba
con los grumos de sangre carmesíes,
y eran así las carnes nazarenas,
un búcaro de lirios y azucenas
cubiertos de diamantes y rubíes.